Retazos
Guardar lo cotidiano en una cajita
Adentro de casa sigue fresco, pero me doy cuenta de que afuera hace calor porque llegás con los cachetes rojos y el pelo aplastado de transpiración, mezclado con agua del río.
Venís a saludarme, yo estoy terminando de escribir unas cosas. Reclinás tu cuerpo sobre el mío. Querés toquetear la compu entonces decido que termino después, y la cierro.
Salgo al pasillo, me tomás las manos, jugás con mi cuerpo. Aún tenés puesto el gorrito azul para el sol. Te pregunto cómo te fue en el río, me decís que bien. Hay unos momentos de silencio. Una charla breve con tu otra mamá. Me estás mirando fijo. Superpuesto a las palabras que estoy pronunciando escucho:
— Me da alegría verte.¿Escuché bien?
Te pregunto:
— ¿Dijiste “me da alegría verte”?
— SíNos abrazamos en el medio del pasillo. Siento la visera del gorrito y tu flequillo húmedo en mi vientre. Tus bracitos aún calientes por el sol me envuelven las caderas.
Fuiste siempre tan chiquita y yo no podía verlo.
– ¿Dó mamá? ¿Dó mamá? – preguntabas a cada rato después de unos meses de convivencia.
Nosotras nos reíamos.
– Sí, dos mamás tenés.
Sumergidas en la vorágine de la crianza repentina, el agotamiento, los moretones, los gritos y la tensión constante, no entendíamos que vos no entendías.
Tal vez, con menos filtros adultos, yo también hubiera preguntado todo el tiempo: ¿una hija?
Me fui al cotillón de la calle Uruguay y te compré la pollerita y el abanico, todo celeste, tu color favorito. Ida y vuelta me quejé por dentro, pensando que perdía tiempo y plata, que seguro ni te ibas a querer subir al escenario, o ibas a hacer un berrinche adelante de todo el teatro. La profe me dijo que no me preocupe, que no importaba si querías bailar o no, que lo importante era disfrutar el proceso. Sí, pero yo tengo que coser la pollera y comprar todo, pensé, pero no le dije.
Llegó el sábado. Dormiste solo diez minutos de siesta porque al vecino se le ocurrió probar el acelerador de la moto. Listo, lo que faltaba. Con sueño era misión imposible.
Llegamos al teatro, te recibió la profe y te llevó al camarín.
Miraba sin mirar la obra de teatro que hacían unos niños. Me preocupaba el volumen de los parlantes, el sonido de una sirena que podría asustarte. Me llega una foto tuya ya vestida, toda sonriente: “la ayudé a cambiarse” me manda una amiga. Le agradezco con un poco más de alivio.
El locutor estruendoso empieza a presentarlas. Te veo subir al escenario detrás de la profe, en filita con tus compañeras. Empieza a sonar la música y tu pollerita hawaiana celeste es la que más se mueve. Sonreís, mirás al público, lo estás disfrutando. Hacés todos los pasos. Bailás con la misma confianza que en casa. Filmo para mostrarle a tu otra mamá que no pudo venir, y estoy como hipnotizada.
Cuando terminás, bajás del escenario y te hago señas. Te abrazo. Te digo que bailaste hermoso. Vos me decís: ¿Estás muy orgullosa de mí, mamá?



Que hermoso texto , como extraño estar chiquita y llegar a abrazar a mi mami, disfruta mucho a tu nena. 💕