La ternura
Una sensación que rondó esta semana. Un texto que encontré en mis archivos.
En la parte de adelante del auto van el chofer del Uber y la abuela de mi sobrino. Detrás, en su butaca, mi sobrino. Estoy a su lado y jugamos con todo lo que trajo en su mochila azul de Spidey. Estamos camino a conocer a su hermanito que nació hace un par de horas.
– ¿Sabías Juli que cuando vos naciste yo también te fui a conocer al sanatorio?
– ¿Pero cómo? ¡Si ya nos conocíamos! Yo ya escuchaba tu voz desde adentro de la panza. ¡La voz de la tía!
Recuerdo que nos quedamos mudas la primera vez que la secretaria del juzgado nos dijo su nombre por teléfono, así al pasar. Dos días después, ví la carpeta amarilla del legajo sobre el escritorio de la trabajadora social. Escrito con fibra negra gruesa estaba su nombre completo. Recuerdo que no nos habían dicho que tenía segundo nombre: era el que mi esposa había escuchado en un sueño y el que eligió un mes después mi hija para ser nombrada.
Recuerdo la oficina pequeña del hogar, la caja de té amarilla sobre la mesa. No recuerdo quien hizo la pregunta:
– ¿Quieren que la traiga?
Lo primero que vi fue la colita de pelo castaño y lacio, con algunas ondas en la parte de abajo. Estaba a upa de su psicóloga. Los ojos enormes mirándome por primera vez. La vocecita ronca. Recuerdo el alarido de susto y alegría que pegó cuando la encontré jugando a la escondida. La remera amarilla con una sandía que le pusieron las cuidadoras después que se tiró encima el agua del burbujero que llevamos. La vincha lila con orejitas que le compramos con lágrimas en los ojos porque nos dijeron que le gustaba peinarse. Se la dimos y la dejó sobre una mesita casi sin mirarla.
Recuerdo sostener por primera vez el cuerpo desbordado de mi hija en el suelo impecable de la casa de la Clau.
Los cachorros mamíferos tienen características físicas, especialmente en el rostro, que hacen que los adultos querramos vincularnos. Ojos grandes, rasgos pequeños.
La percepción de la ternura atrae nuestra atención muy rápidamente, exactamente un séptimo de segundo, desencadenando una respuesta en el córtex órbitofrontal la red de placer y recompensa del cerebro. La respuesta a la ternura es una adaptación evolutiva. El sentimiento de kawaii fomenta la afiliación, que es un vínculo social en un sentido más amplio que el mero cuidado. Genera un comportamiento innato de cuidado, crianza y protección para mejorar las posibilidades de supervivencia de la especie.
También, hay especies que se comen a sus crías.Photo by Joshua J. Cotten on Unsplash En Argentina hay alrededor de 2200 niños, niñas y adolescentes que esperan una familia. El número es un poco más pequeño, pero no tanto, si hablamos de adultos anotados en la lista del Registro Único de Adopción. Parece un match perfecto. Pero no. El 90% de adultos en espera se anota para niños hasta 3 años de edad, sin hermanos, enfermedades ni discapacidad. Demás está decir que quienes esperan su derecho de vivir en familia tienen hermanos, sus cuerpos manifiestan el abandono, la negligencia, la tristeza. Esperan que algún día, alguien, los descubra por quienes son, más allá de un número. Los adultos tienen un deseo. Los menores, un derecho.
Supe de la existencia de mis tres sobrinxs desde que tenían el tamaño de una semilla de lino. Los conocí a menos de 24 de horas de haber salido del útero.
Conocí a mi hija cuando faltaban 41 días para su cuarto cumpleaños.¿Cuándo una conoce a una persona? ¿Cuándo se ven por primera vez? ¿Cuando conversan? ¿Cuando sabés algo de la vida de esa persona? ¿Cuándo te dicen su nombre, su edad, su historia? ¿Cuándo ves sus ojos por primera vez?
Siempre me llamó la atención la historia que mi mamá contaba cada tanto: entró en hora de clases a la sala de profesores y había una nena sola.
– ¿Vos sos la hija de Raquel, no?
– Sí…– responde la nena, desconcertada.
– ¡Sos idéntica!
Años después se enteró que era adoptada.
– No lo podía creer.
Casi treinta años después, entro con mi hija a un local de ropa a comprarle unas bombachas. Ella como siempre, saluda a la vendedora y la mira fijo con sus ojos magnéticos. Después me pide upa.
– ¡Qué divina tu hija! Es idéntica a vos.
Esta semana en los talleres de escritura expresiva que comparto el tema fue la ternura. Sincrónicamente me crucé con el libro de Paula Ducay que lleva el mismo nombre; lo leí en dos días, me encantó. Precioso y profundo.
Si querés sumarte a los talleres a explorar distintos temas de la vida y la existencia desde el cuerpo y la escritura, contactame a lasendadelaescritura@gmail.com y te paso toda la info.
Un abrazo tierno,
Laura


¡Es idéntica a ti! 🥹🥹🥹